miércoles 1 de julio de 2009

Mi 27 cumpleaños


Me hace mucha gracia la vanidad de las personas que se resignan a envejecer, las que mienten acerca de su edad, las que les atemoriza crecer y cumplir años. A mí por el contrario me encanta sumar años. Puede que sea fácil sumar en la veintena, pero, o mucho me equivoco, o creo que la alegría por cumplir también estará presente cuando cambie el 2 por el 3 y me convierta en una treintañera.

El domingo cumpliré 27 años. Será un cumpleaños distinto.

No puedo evitar echar la vista atrás y recordar. Las primeras fiestas en casa, con patatitas, coca-colas y aquellos emparedados de atún con aceitunas tan ricos que hacía mi madre. Los cumpleaños de irnos todos al “burguer” sintiéndonos demasiado mayores como para celebrarlo con nuestras familias. Los de emborracharnos a los 17 en las que serían las primeras juergas de tantas otras que vendrían.

Muchos de los invitados ya no están, supongo que han ido marchándose a otras fiestas de cumpleaños. A otros, en cambio, les echaré tanto de menos en el número 27….. Y otros… otros se han apuntado a la lista sin apenas darme ni cuenta….

Pienso en A. que nunca podrá cumplir los 27 puesto que decidió volar para siempre con los 21. Pienso en todas aquellas personas que ya no pueden seguir sumando años, resignados o no, pero que ya no pueden añadir ni un solo segundo más en su marcador… pienso en mi primo B., pienso en el padre de S. y A., C.,… y al recordarles siento que seguir sumando es una gran suerte.

Por eso celebraré mi cumpleaños rodeada de los que quiero, sintiendo cerca los que están lejos, aspirando cada segundo y dando gracias a la vida por traerme a L., mi mayor tesoro, mi mejor regalo en este 27 cumpleaños.

miércoles 27 de mayo de 2009

A la derecha del Padre siempre se sienta un hombre


Ayer llamé a mi amiga M. Hacía bastante tiempo que no teníamos una conversación en condiciones y necesitábamos charlar y ponernos al día. M. se casó el año pasado y está esperando un bebé que nacerá en agosto. Va a tener un precioso niño. Precisamente me comentaba que su padre y su marido están encantados con el sexo del bebé, pero que quizá a ella le hacía más ilusión tener una niña, “ya sabes… por la tontería de los vestiditos y por ver un versión de mi misma en otra nena…” pero que ahora (ya echa a la idea de que lleva a un varón en su vientre) también se siente muy feliz.

En días como el de hoy me alegro más que nunca que M. espere a un niño y no a una niña. No, no es que tenga la regla y me duela la barriga. Voy mucho más allá de los obvios inconvenientes de ser una mujer. En días como el de hoy, aquí sentada frente a mi portátil y devanándome los sesos, es cuando más lamento tener dos tetas en lugar de dos “güevos”. Aún vivimos en un mundo machista y eso en el trabajo para alguien con inquietudes como yo, es más que evidente. Da igual que tu actitud sea intachable, da igual que tus análisis sean brillantes, da igual tu implicación, entusiasmo o responsabilidad. Da igual. Es menos visible, es menos apreciable. Eres mujer. Una diminuta mujer en un mundo lleno de hombres.

No es que tenga mucha experiencia laboral pero me considero una profesional de primera. Soy joven, pronto cumpliré los 27 años, pero desde hace tres años llevo trabajando como una leona, esforzándome por aprender y asumiendo constantes retos, uno de ellos el trasladarme a Madrid. Pero a veces siento que toda mi proyección ha tocado techo y, lo que es aún peor, que no conseguiré llegar más alto, no ya por mi valía, sino por ser mujer.

Es sencillo, si eres chica es muy probable que no te guste el tenis, ni el futbol, ni el baloncesto. Tampoco te apetecerá hablar del pedazo de tetas que se marca la camarera del restaurante ni de lo mucho que te “da por culo” tener que ir al ballet con tu mujer el sábado por la noche. Si eres chica no tienes cabida en este tipo de conversaciones informales. Y ya se sabe, que hoy en día, los contactos, el carisma, el don de gentes, la empatía y la simpatía son fundamentales a la hora de escalar puestos en cualquier orden social, laboral y/o económica. Por esos mis jefes prefieren irse a comer con mi compañero N. (varón) que conmigo. Por eso mis jefes le regalarán entradas para ir al palco reservado del Bernabéu a N. antes que a mí. Por eso mis jefes ante la hipotética circunstancia de ascender a alguien elegirán a N. en lugar de elegirme a mí, con independencia de que el puesto sea o no adecuado a su perfil, necesite o no ganar más dinero del que gana ahora.

Desde que era una niña, mis padres decían que tenía una gran capacidad para la observación, hasta tal punto de quedarme horas y horas callada observando lo que sucedía a mí alrededor. Tal virtud se ha ido agudizando con el tiempo y complementándose con mi sentido de la intuición y, en algunos momentos, hasta de la clarividencia.

No estoy enfada, ni dolida, ni molesta (aunque mis palabras puedan conducir a pensar lo contrario). Creo que todos de algún modo obtenemos recompensas de otras maneras, y que la vida nos puede conducir a grandes acontecimientos. No creo que mi trabajo se desprecie, pero tampoco se ensalza. No creo ser vital para la empresa, pero tampoco creo que otras personas que parecen serlo, lo sean. No pretendo juzgar ni inmiscuirme en decisiones que no me competen. Creo en la igualdad y me alegro de los enormes progresos que hemos experimentado las mujeres. Pero siento que no son suficientes…

Por eso en lugar de tomar importantes decisiones, y sentarme “a la derecha del padre/presidente de la compañía” mientras le entretengo con mis ingeniosos comentarios …, me limito a observar, igual que cuando era niña, pero esta vez tras un ordenador portátil y una montaña de archivadores de oficina.
Ojalá M. eduque a su hijo en los principios de la igualdad y el respeto, aunque mucho me temo que esta sociedad le acabará reconduciendo a lo mismo de siempre.

miércoles 20 de mayo de 2009

Amar en tiempos de crisis

La palabra crisis está por todos lados. Está en los informativos, ya sean de la radio o de la tele, en las tiradas de prensa cada mañana, en las vallas publicitarias, en las conversaciones con amigos, en los cafés de la oficina, en la música (en el pasado Festival de Eurovisión una de las canciones tenía por nombre: “Anti-crisis girl”), en las cartas de los restaurantes…. Es imposible no contagiarse de esa sensación de angustia e incertidumbre que provoca la palabra CRISIS.

Según he leído el significado etimológico de la palabra CRISIS vendría de la medicina (concretamente la aplicada en el Antiguo Oriente) donde esta palabra se empleaba para indicar, en el desarrollo de una enfermedad, aquel punto de inflexión donde el paciente o a) se agrava y muere, o b) prospera y sobrevive. De ahí que las CRISIS nos conduzcan a dos únicos desenlaces, o empeoramos o mejoramos, pero nunca una tercera opción en donde nos quedemos igual que al principio.

Pues bien, las cartas ya están echadas. Ahora toca jugar la mano. Puede que ganemos o puede que perdamos, pero el empate (cual final de Copa del Rey) no es posible.

Estoy preocupada, no lo niego, quizá porque tengo demasiados planes de futuro en mi cabeza y puede que se vean truncados. Planes que tienen que ver con amar en estos tiempos, planes que tiene que ver con comprarse una casa y construir una familia con L. y la maldita palabra CRISIS me da pavor.

¿Por qué la mala gestión de unos pocos puede acabar con TODOS mis proyectos? Proyectos razonables para cualquier persona joven como yo y que no son en absoluto utópicos ni demasiado ambiciosos. Ahora me recuerdo a mi misma defendiendo los que consideraba beneficios de vivir en una era global y globalizadora. Hoy en día los pongo más en duda que nunca (¡qué gran razón tenía R. al cuestionarlos!). Y es que no hay más que darte de bruces con la realidad, tu realidad, para replantarte aquellas ideas que no hace ni 4 años defendías a capa y espada.

Supongo que desde que me trasladé a Madrid el ejercicio de madurez ha sido espectacular. Eso de pagar las facturas y ver como se escapa el dinero en un pis-pás me ha venido de perlas. Pero el madurar también conlleva preocuparse de cosas que hace 2 años ni se te pasaban por la cabeza. Y eso a veces genera miedos. Vivir bajo el techo de mamá, está muy bien, pero no es más que cubrirse el rostro con una venda dulce y cálida. Ahora la realidad es otra.

Estoy trabajando, he cobrado mi nómina, he pagado mis últimas facturas, pero no sé qué va a ocurrir mañana. Hace un año, también habría cobrado mi nómina, habría pagado mis facturas y tampoco sabría lo qué me iba a deparar el futuro pero la sensación es francamente distinta.

viernes 27 de febrero de 2009

Quemando etapas...


No viene como un torrente, no. No sientes que te atraviese el pecho. Tampoco es que te levantes un día, te mires al espejo y no te reconozcas. Es un proceso muy lento, diabólicamente progresivo, pero cuando ha culminado, sientes que ahí está.

El sábado pasado me desperté a las 10:30 de la mañana. Me desperecé lentamente en la cama. Estiré mis piernas, noté aquellas partes de la cama que permanecían frias, coloqué mi pie desnudo en el suelo. Le eché una ojeada a las puertas de espejo del armario de mi habitación y detecté varias marcas de dedos que tenia que limpiar. Fui al baño, me lavé la cara, recogí mi pelo en una coleta. Volví a la habitación, abrí las ventanas, retiré la funda nordica, recogí la ropa del suelo, la llevé hasta el cubo de la ropa sucia, observé que estaba muy lleno, así que pusé una lavadora. De camino a la cocina, me dí cuenta que había olvidado sacar carne picada del congelador para hacer albondigas. Mientras la lavadora comenzaba a dar sus primeras vueltas, vacié el lavavajillas de la cena de la noche anterior. Y justo cuando mi cuerpo se inclinaba a recoger la última cucharilla, lo noté. No, no fue un tirón de espalda. Me dí cuenta que me había convertido en MI MADRE.

Noté como sus gestos y sus "ay que vida esta..." se adueñaban de mi por completo. Y entonces al volver a la habitación, con el Cristasol en mano, me ví de nuevo reflejada en el espejo... El caso es que solté una gran carcajada, de esas que si la sueltas tú sola en el metro, la gente se queda mirándote con pena y preguntándose "¿que le pasará a esta pobre demente?".

No hacía muchos días que hablando con S., habíamos llegado a la conclusión, de que estábamos empezando a cambiar. La idea de salir el viernes-noche, subidas a unos tacones, con minifalda y aguantando los 2 grados de temperatura, ya no se nos hacía tan apetecible. El cansancio de la semana pasaba factura y de donde antes sacábamos ganas para comernos el mundo, ahora lo único que nos comíamos era un plato de arroz basmati los sábados para cenar.

Hemos descubierto las soleadas mañanas de los domingos. Ese intervalo de tiempo semanal en los que hacía cinco años nuestro reloj se paraba por completo y no existía en nuestro calendario. Le damos mayor importancia a los momentos que a los grandes acontecimientos. El cada vez más creciente poder de observación de lo que nos rodea, se va agudizando con eso que llamaban EXPERIENCIA. Y los 27 comienzan a estar más cerca de los 30 que de los 20.

Mi imagen proyectada en el espejo no hacía más que decirme que la madurez comienza a abrirse camino, y que ese mismo reflejo es tan natural como las rabietas de los 15 años.