
No viene como un torrente, no. No sientes que te atraviese el pecho. Tampoco es que te levantes un día, te mires al espejo y no te reconozcas. Es un proceso muy lento, diabólicamente progresivo, pero cuando ha culminado, sientes que ahí está.
El sábado pasado me desperté a las 10:30 de la mañana. Me desperecé lentamente en la cama. Estiré mis piernas, noté aquellas partes de la cama que permanecían frias, coloqué mi pie desnudo en el suelo. Le eché una ojeada a las puertas de espejo del armario de mi habitación y detecté varias marcas de dedos que tenia que limpiar. Fui al baño, me lavé la cara, recogí mi pelo en una coleta. Volví a la habitación, abrí las ventanas, retiré la funda nordica, recogí la ropa del suelo, la llevé hasta el cubo de la ropa sucia, observé que estaba muy lleno, así que pusé una lavadora. De camino a la cocina, me dí cuenta que había olvidado sacar carne picada del congelador para hacer albondigas. Mientras la lavadora comenzaba a dar sus primeras vueltas, vacié el lavavajillas de la cena de la noche anterior. Y justo cuando mi cuerpo se inclinaba a recoger la última cucharilla, lo noté. No, no fue un tirón de espalda. Me dí cuenta que me había convertido en MI MADRE.
Noté como sus gestos y sus "ay que vida esta..." se adueñaban de mi por completo. Y entonces al volver a la habitación, con el Cristasol en mano, me ví de nuevo reflejada en el espejo... El caso es que solté una gran carcajada, de esas que si la sueltas tú sola en el metro, la gente se queda mirándote con pena y preguntándose "¿que le pasará a esta pobre demente?".
No hacía muchos días que hablando con S., habíamos llegado a la conclusión, de que estábamos empezando a cambiar. La idea de salir el viernes-noche, subidas a unos tacones, con minifalda y aguantando los 2 grados de temperatura, ya no se nos hacía tan apetecible. El cansancio de la semana pasaba factura y de donde antes sacábamos ganas para comernos el mundo, ahora lo único que nos comíamos era un plato de arroz basmati los sábados para cenar.
Hemos descubierto las soleadas mañanas de los domingos. Ese intervalo de tiempo semanal en los que hacía cinco años nuestro reloj se paraba por completo y no existía en nuestro calendario. Le damos mayor importancia a los momentos que a los grandes acontecimientos. El cada vez más creciente poder de observación de lo que nos rodea, se va agudizando con eso que llamaban EXPERIENCIA. Y los 27 comienzan a estar más cerca de los 30 que de los 20.
Mi imagen proyectada en el espejo no hacía más que decirme que la madurez comienza a abrirse camino, y que ese mismo reflejo es tan natural como las rabietas de los 15 años.
El sábado pasado me desperté a las 10:30 de la mañana. Me desperecé lentamente en la cama. Estiré mis piernas, noté aquellas partes de la cama que permanecían frias, coloqué mi pie desnudo en el suelo. Le eché una ojeada a las puertas de espejo del armario de mi habitación y detecté varias marcas de dedos que tenia que limpiar. Fui al baño, me lavé la cara, recogí mi pelo en una coleta. Volví a la habitación, abrí las ventanas, retiré la funda nordica, recogí la ropa del suelo, la llevé hasta el cubo de la ropa sucia, observé que estaba muy lleno, así que pusé una lavadora. De camino a la cocina, me dí cuenta que había olvidado sacar carne picada del congelador para hacer albondigas. Mientras la lavadora comenzaba a dar sus primeras vueltas, vacié el lavavajillas de la cena de la noche anterior. Y justo cuando mi cuerpo se inclinaba a recoger la última cucharilla, lo noté. No, no fue un tirón de espalda. Me dí cuenta que me había convertido en MI MADRE.
Noté como sus gestos y sus "ay que vida esta..." se adueñaban de mi por completo. Y entonces al volver a la habitación, con el Cristasol en mano, me ví de nuevo reflejada en el espejo... El caso es que solté una gran carcajada, de esas que si la sueltas tú sola en el metro, la gente se queda mirándote con pena y preguntándose "¿que le pasará a esta pobre demente?".
No hacía muchos días que hablando con S., habíamos llegado a la conclusión, de que estábamos empezando a cambiar. La idea de salir el viernes-noche, subidas a unos tacones, con minifalda y aguantando los 2 grados de temperatura, ya no se nos hacía tan apetecible. El cansancio de la semana pasaba factura y de donde antes sacábamos ganas para comernos el mundo, ahora lo único que nos comíamos era un plato de arroz basmati los sábados para cenar.
Hemos descubierto las soleadas mañanas de los domingos. Ese intervalo de tiempo semanal en los que hacía cinco años nuestro reloj se paraba por completo y no existía en nuestro calendario. Le damos mayor importancia a los momentos que a los grandes acontecimientos. El cada vez más creciente poder de observación de lo que nos rodea, se va agudizando con eso que llamaban EXPERIENCIA. Y los 27 comienzan a estar más cerca de los 30 que de los 20.
Mi imagen proyectada en el espejo no hacía más que decirme que la madurez comienza a abrirse camino, y que ese mismo reflejo es tan natural como las rabietas de los 15 años.
9 comentarios:
La vida se divide en etapas y cada una tiene sus pros y sus contras... El empezar a madurar es toda una experiencia por los descubrimientos que conlleva y el empezar a vernos como emocionalmente estables es toda una satisfacción.
Besotes guapa!!
gracias por tu comentario Agatha^^, y sí as acertado más o menos por que etapa estoy asique...enfin..decirte que aunque todo cambie, siempre seguirás siendo tú misma^^. La materia no se destruye, sólo se transforma...así que sigue disfrutando los buenos ratos como solo cada uno puede hacer
Un beso^^
*Sally*
A mi también me ocurre... los fines de semana se han convertido en DÍAS para disfrutar de los pequeños placeres, descansar, y mimarme [a mi y los que me rodean]... es genial. los DÍAS se han impuesto a las NOCHES. y sí, vivir rodeada de ropa sucia y platos sin fregar ha perdido su atractivo inicial... jajaja mil besos
¡Guau! Me ha gustado mucho tu post. Yo cumplí 25 años hace unos días y la verdad es que he estado pensando algo parecido, pues por irrisorio que parezca, no es lo mismo tener 25 que tener 20. Y por ello, en gran medida, me he sentido identificado con las reflexiones que aquí reflejas (de una forma, por cierto, muy profunda e intimista).
A lo mejor estás pensando: "sí, ya, pero a los hombres la madurez os llega mucho después; si es que os llega...". Es posible... Pero es que en mi caso te puedo decir que yo también me veo cada vez más lejos de aquella tierna infancia y de aquellos años adolescentes o de juventud recién estrenada, en que todo transcurría de modo y a una velocidad completamente distinta.
Y es que en el fondo debemos procurar conservar la esencia de lo que antaño fuimos, porque como me comentaba una amiga hace unos días: la infancia es nuestra verdadera patria. Pero sin resistirnos a madurar... porque como tú bien has dicho, la madurez es experiencia, y la experiencia creo yo que nos enseña a valorar las cosas importantes de la vida.
Saludos.
Desde mi lugar de la Huerta.
Cada etapa de nuestra vida tiene su encanto, hasta los malos momentos, sólo hay que saber salir de ellos victoriosos; la vida es una, las etapas son muchas pero la escencia nunca cambia.
Besitos
:D
Hola, me he entretenido leyendo tu publicación, la primera, la de que te vas pareciendo a tu madre..., me parece que estas en un momento muy bueno de tu vida, aprovecha la esperiencia para saborear lo bueno de la vida y tomarte con humor lo malo de esta misma. Si quieres hablar algun dia de algo y pasar el rato...dgoncor@gmail.com
Soy de mas o menos tu edad, tengo treinta y un años. Por si decides algun dia escribirme, que sepas que tenemos edades parecidas, de momento nada mas. dgoncor@gmail.com
Besitos
tengo apenas 22 años y ya veo como ciertas frases y mañas de mi madre se estan presentando en mi persona...
...NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO.........
LO CUAL TEMO, YA QUE ES TAN MAÑOSA LA SEÑORA...
QUemando etapas asi es pues....como me ha gustado leer tu blog a las 4am desde Barcelona tomandome un te. Eres la bomba chica! Besitos de canela.
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