En el colegio, con tan solo 6 años, era de las pocas cuyos padres ya estaban divorciados. Apenas recuerdo a un par de niños más en la misma situación. Nunca me he sentido
discriminada por ello, pero siempre tuve una extraña conciencia de que era diferente al resto. Pese a que las recogidas a la salida de clase, o las funciones navideñas estaban inundadas por la presencia de mamás y abuelas; en mi caso, el hecho de que los papás estuvieran de baja, o con el turno de trabajo cambiado, no hacía que nada fuese diferente. Mi padre nunca estaba. Era un papá de veraneo y hoteles en la Costa Brava y eso era raro, era inusual. Más de una vez me he sentido extraña en determinadas situaciones, e incluso recuerdo que alguna vez mentí diciendo que mis abuelos eran en realidad mis padres y mi madre, mi hermana mayor. Supongo que el echar de menos la figura paterna, tenía mucho que ver con echar también de menos a un hermano/a. Así que yo mataba dos pájaros de un tiro.Sin embargo, ahora, estoy segura de que si nos fuésemos a un colegio, podríamos contar con los dedos de las manos los niños que conviven en una situación familiar “convencional”. Cuando J. y yo salíamos juntos, él entrenaba a un grupo de niños a futbol sala, eran niños de entre 6 y 10 años. Yo, que iba a esperar a mi novio a la salida de los entrenamientos, veía como a muchos de ellos, les recogían, indistintamente, mamá, papá, la pareja de mamá, la novieta de papá, la mamá de la mujer de papá… Recuerdo que muchos de ellos se hacían un lío si les preguntábamos quien les había regalado qué por su cumpleaños “pues el novio de mamá… y la novia de papá… y la madre del novio de mamá…”
Así que lo que era algo poco visto siendo yo niña, ahora no es más que tener triplicados tus regalos y una enorme diversidad de caras a la salida de las actividades extraescolares. Siendo una niña, y aunque no fuese mi responsabilidad, me tocó vivir situaciones diferentes, veranos partidos y extraños sentimientos de despedidas. Viví de un modo diferente a los demás.
Cuando crecí y fui una adolescente, también fui contracorriente al resto, y es que me eché novio excesivamente temprano. Es curioso, puesto que con mis 16 años, ya me consideraba toda una mujer, pero ahora que echo la vista atrás no era más que una cría haciendo cosas de mayores. Por aquel entonces, mientras muchas de mis amigas sentían lo que era el pandilleo, las primeras borracheras, las juergas hasta el amanecer, los bailes, las risas, los tonteos…; yo me dedicaba a ir de aquí para allá asistiendo a comidas familiares en casa de los que por aquel entonces llamaba “mis suegros”, asistir a festivales folclóricos, acontecimientos tunning y vestir traje pantalón y chaqueta los domingos. Me perdí parte de mi adolescencia jugando a ser la Señora de D.S. y volví, estaba vez siendo muy consciente y muy incauta, a caminar contracorriente.
Aunque he recuperado parte del tiempo invertido, por no decir perdido, siento que vuelvo, en el fondo, a navegar contracorriente. Hoy, mientras comía, pensé en todo esto. Ahora, que es tiempo de tener pareja, de hacer cosas propias de mi edad, de estar más tranquilita, de planear un futuro con alguien, parece que estoy viviendo los eternos 18 años, que si bien parecí perdérmelos, ahora ya empiezo a estar harta de que no me abandonen. Mientras masticaba mi filete repasaba mentalmente a mis compañeras de trabajo para llegar a la conclusión de que de once comensales, tan sólo dos no teníamos pareja; y volví a sentirme a contracorriente.
Es como si viviera todo a destiempo. A veces no puedo evitar confesárselo a mis amigos más íntimos y ellos bromean diciéndome que quizá apuré demasiado la vida en los comienzos. Y si, puede que tengan razón, pero aún así, vivir la vida del modo en el que la he vivido, quizá equivocadamente o inadecuadamente, pero vivirla de esa manera me ha hecho ser hoy la persona que soy.
Yo y mi baile a destiempo: me vine a Madrid a trabajar y no a vivir en una residencia universitaria, sigo buscando a mi media naranja mientras ya he visto casarse a varias de mis amigas y he descubierto la comodidad de unas zapatillas Convers a los 25 años. Ese baile a destiempo que parece que me acompaña siempre, y aunque, en el fondo, no me gustaría dejar de oír la misma música que oigo hoy, sí que deseo que, tal vez, deje de sonar mañana.








