lunes 28 de abril de 2008

Viviendo a contracorriente

Hoy, mientras comía, me he dado cuenta que en el fondo siempre he ido un poco a contracorriente de las demás personas.

En el colegio, con tan solo 6 años, era de las pocas cuyos padres ya estaban divorciados. Apenas recuerdo a un par de niños más en la misma situación. Nunca me he sentido discriminada por ello, pero siempre tuve una extraña conciencia de que era diferente al resto. Pese a que las recogidas a la salida de clase, o las funciones navideñas estaban inundadas por la presencia de mamás y abuelas; en mi caso, el hecho de que los papás estuvieran de baja, o con el turno de trabajo cambiado, no hacía que nada fuese diferente. Mi padre nunca estaba. Era un papá de veraneo y hoteles en la Costa Brava y eso era raro, era inusual. Más de una vez me he sentido extraña en determinadas situaciones, e incluso recuerdo que alguna vez mentí diciendo que mis abuelos eran en realidad mis padres y mi madre, mi hermana mayor. Supongo que el echar de menos la figura paterna, tenía mucho que ver con echar también de menos a un hermano/a. Así que yo mataba dos pájaros de un tiro.

Sin embargo, ahora, estoy segura de que si nos fuésemos a un colegio, podríamos contar con los dedos de las manos los niños que conviven en una situación familiar “convencional”. Cuando J. y yo salíamos juntos, él entrenaba a un grupo de niños a futbol sala, eran niños de entre 6 y 10 años. Yo, que iba a esperar a mi novio a la salida de los entrenamientos, veía como a muchos de ellos, les recogían, indistintamente, mamá, papá, la pareja de mamá, la novieta de papá, la mamá de la mujer de papá… Recuerdo que muchos de ellos se hacían un lío si les preguntábamos quien les había regalado qué por su cumpleaños “pues el novio de mamá… y la novia de papá… y la madre del novio de mamá…”

Así que lo que era algo poco visto siendo yo niña, ahora no es más que tener triplicados tus regalos y una enorme diversidad de caras a la salida de las actividades extraescolares. Siendo una niña, y aunque no fuese mi responsabilidad, me tocó vivir situaciones diferentes, veranos partidos y extraños sentimientos de despedidas. Viví de un modo diferente a los demás.

Cuando crecí y fui una adolescente, también fui contracorriente al resto, y es que me eché novio excesivamente temprano. Es curioso, puesto que con mis 16 años, ya me consideraba toda una mujer, pero ahora que echo la vista atrás no era más que una cría haciendo cosas de mayores. Por aquel entonces, mientras muchas de mis amigas sentían lo que era el pandilleo, las primeras borracheras, las juergas hasta el amanecer, los bailes, las risas, los tonteos…; yo me dedicaba a ir de aquí para allá asistiendo a comidas familiares en casa de los que por aquel entonces llamaba “mis suegros”, asistir a festivales folclóricos, acontecimientos tunning y vestir traje pantalón y chaqueta los domingos. Me perdí parte de mi adolescencia jugando a ser la Señora de D.S. y volví, estaba vez siendo muy consciente y muy incauta, a caminar contracorriente.

Aunque he recuperado parte del tiempo invertido, por no decir perdido, siento que vuelvo, en el fondo, a navegar contracorriente. Hoy, mientras comía, pensé en todo esto. Ahora, que es tiempo de tener pareja, de hacer cosas propias de mi edad, de estar más tranquilita, de planear un futuro con alguien, parece que estoy viviendo los eternos 18 años, que si bien parecí perdérmelos, ahora ya empiezo a estar harta de que no me abandonen. Mientras masticaba mi filete repasaba mentalmente a mis compañeras de trabajo para llegar a la conclusión de que de once comensales, tan sólo dos no teníamos pareja; y volví a sentirme a contracorriente.

Es como si viviera todo a destiempo. A veces no puedo evitar confesárselo a mis amigos más íntimos y ellos bromean diciéndome que quizá apuré demasiado la vida en los comienzos. Y si, puede que tengan razón, pero aún así, vivir la vida del modo en el que la he vivido, quizá equivocadamente o inadecuadamente, pero vivirla de esa manera me ha hecho ser hoy la persona que soy.

Yo y mi baile a destiempo: me vine a Madrid a trabajar y no a vivir en una residencia universitaria, sigo buscando a mi media naranja mientras ya he visto casarse a varias de mis amigas y he descubierto la comodidad de unas zapatillas Convers a los 25 años. Ese baile a destiempo que parece que me acompaña siempre, y aunque, en el fondo, no me gustaría dejar de oír la misma música que oigo hoy, sí que deseo que, tal vez, deje de sonar mañana.

domingo 27 de abril de 2008

Oportunidades

Cuando alguien me dice eso de “Segundas partes nunca fueron buenas” suelo asentir y estar de acuerdo con la afirmación. Y es que a veces, parece que con determinadas cosas, no funcione eso del electroshock y resucitar lo que se había dado definitivamente por muerto. En el cine ó en la literatura, muchas veces se suele asegurar que es mejor dejar las cosas tal y como están, que empeñarse en reelaborar lo ya finalizado. Pero en el terreno sentimental ¿existen las segundas partes? Y lo que es aún más trascendental ¿funcionan?, ¿pueden convertirse en definitivas?

Personalmente soy de las que creen en las segundas oportunidades, las doy y en algún que otro momento las he reivindicado, pero ¿funcionan realmente? Mi experiencia me hace pensar que no funcionan.


En mi opinión, cuando algo falla va a volver a hacerlo tarde o temprano. Puede que dicho así suene demoledor y puede que pese a que haya dado infinidad de oportunidades a mis anteriores parejas, sea una de mis muchas más contradicciones; pero si intuimos como puede ser nuestro desenlace ¿porqué seguimos empeñados en hacer que las cosas funcionen? ¿Por qué seguimos creyendo en las segundas partes?

Todos nos equivocamos alguna vez, todos hemos cometido errores y además todos tenemos derecho a equivocarnos y a intentar no volver a hacerlo, pero ¿hasta qué punto debemos pasar por alto los pequeños deslices? Si cometemos o cometen con nosotros muchos pequeños errores ¿estos no forman un GRAN PROBLEMA? ¿Caben las segundas partes tras un GRAN PROBLEMA? O en realidad ¿nos estamos dando continuamente pequeñas oportunidades?

El hecho de aceptar a los demás comienza cuando nosotros mismos somos capaces de aceptarnos. Pero a veces cuesta mucho aceptar ciertas cosas de la otra persona, queramos o no, siempre intentaremos cambiar cosas, hacerlas más a nuestra manera, ser pacientes y esperar a un cambio…. Es este un claro síntoma de que las cosas no van bien. Es evidente que en toda relación existe un proceso que yo llamo “PROCESO DE AJUSTE”, donde ambas personas intentan adaptarse la una a la otra, pero pasado ese proceso puede que nos demos cuenta que las cosas no funcionan, ¿comenzamos, entonces a darnos oportunidades?

A J. nunca le di una oportunidad. Dar una oportunidad implica decir lo que ya no toleras y en cierto grado lanzar una amenaza al contrario. Con J. simplemente aguantaba todo. ¿Cómo iba yo a darle una oportunidad si constantemente estaba haciendo la vista gorda? Una de dos, o nunca le di una verdadera oportunidad o se las di todas. Quizá por eso aquella relación se convirtió en una maraña de promesas, arrepentimientos, advertencias y contradicciones.

Pero dar una oportunidad ¿es síntoma de que somos débiles emocionalmente? Al retomar una relación ¿no estamos queriendo decir “pese a todo, te perdono”? Si damos una oportunidad ¿por qué no dar una tercera, una cuarta, etc? O por el contrario, ¿es síntoma de que creemos en la bondad de las personas, en sus propósitos de enmienda? ¿Perderemos al amor de nuestra vida por ser demasiado inflexibles?

Todos hemos tenido estas dudas en la cabeza, de un modo u otro, tras una ruptura sentimental. Algunas veces hemos tenido que sopesar la conveniencia o no de perdonar. En otras ocasiones simplemente hemos esperado a que se nos perdone. Y en otras, como es mi caso, hemos tenido que levantar la cabeza y seguir adelante. Hay circunstancias con las que con un perdón no es suficiente y hay personas que no se merecen una segunda oportunidad.

Pero mentiría si dijera que no creo en las segundas partes ¡claro que creo! Incluso creo que este tipo de historias son románticas. Caminos que se unen, se desunen para con el tiempo volver a unirse definitivamente. Sin ir más lejos la historia de amor de mis abuelos, donde tras un noviazgo de un año y medio, y un período de casi tres años en los que no se dirigían la más mínima palabra, sus caminos volvieron a unirse y ya han celebrado sus bodas de oro.

Este tipo de casos, situados en otra época, sí, y con otro tipo de mentalidades, pero insisto, este tipo de casos se siguen y se seguirán dando. Reconozco que no me veo retomando una relación con R. o con J. pero ¿quién sabe? Puede que en un futuro me toque vivir una historia de amor como la de mis abuelos y viéndoles a ellos, sería toda una suerte.

jueves 24 de abril de 2008

¿Todas soñamos con un romance de película?

¿Cuántas veces has visto Pretty Woman? ¿Y Dirty Dancing? ¿Tal vez te guste más Grease? Sea cual sea, favorita o no, por lo menos hemos visto estas películas más de una vez. Todas ellas tienen algo en común: un final feliz, un final de cuento de hadas.

Pensemos un momento en Pretty Woman. Edward Lewis es un rico y guapo hombre de negocios que viaja regularmente a Los Ángeles, alojándose en la suite del lujoso hotel Regent Beverly Wilshire. Una aburrida noche en la que sale a probar el descapotable de su amigo, conoce a una vulgar prostituta, Vivian, que hace la calle con un pelucón rubio horrible. Edward la recoge en su coche y se la lleva a su hotel con la idea de que se quede solamente una noche. A pesar de la incorrección de Vivian, (masca chicle de manera compulsiva y emplea más tacos que un camionero), Edward se siente atraído por la inocencia de la joven y le ofrece quedarse toda una semana con él por 3.000 dólares. A partir de ahí, la película es toda una explosión de derroche, diversión, elegancia y adrenalina pret-a-porter, al ritmo de melodías que todos recordamos al escuchar Kiss Fm. Bañeras llenas de espuma, joyas, ópera, fresas, champagne, clases de protocolo, algún que otro bofetón y muchos albornoces blancos, todo para que Edward y Vivian se den cuenta que en realidad no son tan diferentes como ellos creen. Vivian reconduce la carrera profesional de Edward dejando atrás su estilo agresivo en los negocios, y por su parte Edward rescata a Vivian de su balcón, ramo de flores entre los dientes, mientras suena el “Amame Alfredo” de La Traviata. Final feliz, romántico, utópico… historia de ficción.

Me gustaría verles ahora a Edward y a Vivian. ¿Vivirían felices en una casita con jardín en Los Angeles, rodeados de niños rubios, con un perro labrador que les traiga las zapatillas? Ó ¿Habría caras de circunstancias entre ambos cuando las criaturas les preguntasen como papi conoció a mami? ¿Podría llevar Vivian a su amiga Kit Deluca alguna vez a casa ó Edward le habría sugerido que “tal vez no es buena idea, cielo”? ¿No le habrían matado a Edward los celos recordando el pasado de su mujer? ¿No habría ningún reproche en las discusiones del tipo “recuerda, querida, que te recogí en Hollywood Bulevar?

Y ¿qué me decís de Dirty Dancing? Pongámonos en situación. Un balneario para ricos en alguna parte de Estados Unidos donde Johnny Castle es famoso por su baile “sucio”. El muchacho además de cotizar en nómina como bailarín profesional por el día, ejerce de gigoló de maduritas por las noches. La familia Houseman decide pasar unas tranquilas vacaciones de verano. Baby Houseman es una mosquita muerta, de dudoso atractivo, que progresa a una velocidad tan desproporcionada en la danza que ríete tú de Poti. Pero Baby es inquieta, inconformista y le gusta lo “sucio”, así que decide acompañar a un panoli, melón en mano, y adentrarse en el oscuro mundo del “dirty dancing”. Allí conoce a Johnny quien le enseña lo que es bailar “dirty, dirty”. La película avanza introduciéndose en temas tan controvertidos como los abortos clandestinos y las diferencias de clases, que en el balneario se dividen en los empleados estudiantes de Harvard y en los del tipo Johnny Castle. Pero a Baby (de quien más tarde sabremos que en realidad se llama Frances) no le interesan los tipos de Harvard, suspira por Johnny y decide ayudarle a ganar un concurso de baile supliendo a la bailarina estrella del hotel. Entre ensayo y ensayo nace el amor… que más tarde se convierte en sexo frenético en la cabaña de Johnny. Todo parece perdido cuando el Doctor Houseman, padre de Baby, descubre el romance y decide que se marchan inmediatamente del Hotel, pero afortunadamente la hermana tediosa de Baby suplica que no lo hagan por la gran fiesta que se va a dar esa misma noche. Y ahí llega la gran locura. El gran baile, la última noche y el boicot que organiza Johnny como muestra de su amor a Baby. El grupo de los dirty irrumpe en la fiesta a golpe de caderas y Johnny planta cara al padre de Baby, rescatándola. Tras el gran salto protagonizado por la pareja, que deja a todos con la boca abierta, el Doctor Houseman sufre un trastorno de personalidad y decide unirse al despiporre. Y en medio del baile Johnny y Baby se prometen amor eterno.

¿Y luego qué? ¿Vuelta al instituto? No nos olvidemos que Baby es una adolescente ¿Qué es de ellos? ¿Johnny monta una escuela de danza mientras su novia termina el bachillerato? ¿Qué podemos esperar de un romance de verano? ¿Amor eterno?

Y ¿Grease? Sandy y Danny se enamoran durante un verano en la playa. Creen que nunca más se volverán a ver ya que Sandy ha de regresar a Sídney, así que deciden guardar en su corazón esos días de pasión como el calor de las “summers nights”. Pero cuál es la sorpresa cuando el padre de Sandy es trasladado a…. (llamémosla “la ciudad donde transcurre Grease”), y Sandy y Danny vuelven a reencontrarse. Danny que tiene que cuidar su reputación de chico malo y duro, reniega de su “palomita” cuando se reencuentran y prefiere salvaguardar su imagen a estrecharla entre sus brazos delante de sus pandilleros amigos. A Sandy le entra una rayada impresionante y se pregunta por qué el mundo la ha tratado así. Danny decide emprender la furtiva misión de conquistar de nuevo a Sandy sin que sus amigos se den mucha cuenta. Sandy comienza a tener citas con otros chicos (un jovencísimo Lorenzo Lamas) e intenta poner celoso a Danny, y Danny, entre falsete y falsete, lucha por demostrar que ha cambiado sus malos hábitos a una puritana Sandy. Pero todo se torcerá cuando en el baile de fin de curso aparece Cha-cha, una antigua novia de Danny, con la que el pobre no puede sucumbir al frenesí de la música. Sandy huye despavorida y decepcionada por ver que su chico pierde los pies y la cabeza por una fulana cualquiera. Pero reflexiona y en la carrera en la que ponen a prueba la piezas robadas para el Greaselighting (el coche de Kenny G.), se da cuenta que lo que ha de hacer es subirse a unas plataformas, ponerse unas ajustadísimas mallas negras e ir cual chica mala a seducir al reformado de Danny. He aquí la mejor prueba que si no puedes ante el enemigo, únete a él. En el número final, donde todo el grupo aparece emparejado, se suben a un descapotable rojo que les conduce al cielo.

Pero, además de la inexorable pregunta de ¿a dónde conduce ese coche?, ¿Qué pasa después? Cuando Sandy se despierte a la mañana siguiente y desenrede el cardado de su pelo ¿podrá llevar a Danny a tomar el té a su casa? ¿Qué opinaran sus australianos padres del tupé de chaval? ¿Continuará Danny por el buen camino? o ¿alguna que otra vez la cabra tirará al monte y calmará sus instintos con carreras ilegales en el canal?

El cine romántico es contraproducente cuando eres una soñadora nata. Si eres una prostituta de Hollywood Bulevar ¿aparecerá algún día un Edward Lewis que te rescate de tu destartalada casa? Ó, si eres una rica fea con gracia para el baile ¿será viable una relación con un guapo bailarín y gigoló? Y , tu padre, médico de elevada reputación, ¿aceptará eso? Si un chico reniega de ti por guardar las apariencias ante los demás ¿no es motivo para marcharte por dónde has venido? O ¿es realmente necesario convertirte tú también en una chica mala?

Muchas veces ver este tipo de películas nos hace sentir que algo extraordinario nos va a suceder. Puede que nunca seamos Vivian, ni Baby, ni Sandy… pero, podemos ser María, Laura o Carolina, y vivir nuestro gran amor de película, en la que no haya bailes de fin de curso ni lujosas suites en carísimos hoteles, pero sí un cielo lleno de estrellas o una mirada tan intensa como el salto final en el baile de Dirty Dancing. Vivir un romance de película, nuestra película, puede suceder en cualquier momento. Estoy segura.






miércoles 23 de abril de 2008

¿Cómo superar una ruptura?

Superar una ruptura es casi tan complicado como hacer dieta. Hay ciertos lugares que no podemos visitar, determinadas horas del día que están prohibidas, determinados impulsos que están vedados. No podemos permitirnos recordar los días felices, las caricias o los besos, porque acabaremos sucumbiendo al recuerdo y nuestra dieta acabará fracasando.

Sin lugar a dudas, el mejor endocrino para esta dieta emocional son tus amigos/as. Todo comienzo es difícil, pero los comienzos con asistencia en carretera son mucho más sencillos. Tener la certeza de que ante cualquier derrumbe o síntoma de debilidad un/a amigo/a tirará de ti con la fuerza que te falta, es algo irremplazable. Pero no debemos confundir el apoyo con la dependencia.

Es necesario saber estar solos, saber solucionar nuestros problemas, y conseguirlo nos ayudará a reforzar nuestra autoestima tan dañada tras una ruptura. Siempre he pensado que un cambio, por pequeño que sea, nos hará devolver poco a poco la sonrisa: planear un viaje, cambiar nuestro peinado, ampliar nuestros hobbies….

¿Por qué nos es tan complicado asumir que un fracaso sentimental es solo una equivocación? ¿Por qué le damos tantísima importancia a los reveses del amor? Triunfamos en nuestras profesiones, tenemos una salud de hierro, unos amigos estupendos, una familia que nos quiere, somos generosos, simpáticos, cultos e inteligentes, pero si nos va mal en el terreno amoroso ¿por qué eso se convierte en nuestro “GRAN PROBLEMA”? Romper debería ser síntoma de que intentamos mejorar, de que esa persona no ha sabido aportarnos lo que buscamos con tanto tesón. Romper una relación ha de convertirse en un acierto y esto debería ser así con independencia de quién tome la decisión. Si nos dejan, es porque esa persona ya no nos quiere, y querer sin ser querido, no es lo deseable. Si dejamos, es porque ya no queremos a esa persona, y seguir con alguien en esas condiciones, tampoco es lo deseable.

Mi amiga T. dejó a su novio I. tras casi 9 años de relación y un piso recién comprado. Eran de esas parejas que ya forman parte de tus recuerdos desde tiempos inmemoriales, pero T. se dio cuenta que su vida no podía conformarse con lo que I. podía ofrecerle. Inquieta, dinámica, y en constante cambio, T. sopesó las cosas y finalmente decidió romper de la mejor manera que supo su relación. A los pocos días de tomar la difícil decisión vino a visitarme a Madrid. Supongo que en realidad necesitaba distancia, tiempo y sentirse un poco acompañada por alguna amiga soltera, que le hiciera sentir que la vida sin pareja no es tan mala. T. lo tenía claro, no dudaba en lo que había decidido, pero su mayor preocupación era el estado en que se encontraría I., gesto que la ennoblecía y que demostraba una vez más, y perdón por el tópico, la enorme generosidad de las mujeres en cuanto a temas afectivos.

Este tipo de rupturas, llevabas con madurez, con decisión, con firmeza, respetando a la otra parte, preocupándose por ella, cuidando las formas y las maneras, son, sin duda, las más correctas y las que demuestran la calidad humana de las personas. Siempre he pensado que en determinadas circunstancias la sinceridad no arregla las cosas. Pero, evidentemente, en la vida, como en todo, la diversidad es una constante.

Por eso, pese a que una ruptura sea un trago amargo difícil de digerir, debemos intentar pasar por ese trance de la mejor manera posible. Yo nunca he sido buena en eso de pasar trances, soy dramática, exagerada y muy llorona, pero estamos aquí, además de para equivocarnos, para intentar aprender, evolucionar y mejorar. Hay lecciones que por duras que nos parezcan son la mejor enseñanza que puede ofrecernos la vida, una ruptura amorosa, la pérdida de un ser querido, un despido en el trabajo o superar una enfermedad, a veces, todo eso nos convierte en personas ricas en conocimiento, en experiencia, que pueden sentarse frente a otra persona e iluminar un poco su vida llena de dudas.


No existe un método ni un procedimiento exacto, que siguiendo esto o aquello nos haga superar una ruptura, lo más importante puede que no sean los medios sino el fin. Y una vez que la tormenta pasa, vuelve a lucir el sol. Esta última frase pertenece a mi padre, que en mi última ruptura estuvo apoyándome como el que más. “Hija, hoy llueve, llueve sin parar, y además es necesario que llueva, pero ya verás como muy pronto, las nubes se irán marchando y cuando menos te lo esperes volverá a brillar el sol”. Puede que suene cursi, mi padre es un sentimental, pero realmente fue eso lo que me pasó.

En mi corazón estuvo lloviendo intensamente durante un mes, pero luego la lluvia se fue haciendo cada vez más intermitente, y en los días de nubes, me fui a la piscina a nadar un rato, salí a tomarme una copa de vino, llamé a alguna amiga con la que hacía tiempo que no hablaba, me dediqué una sesión de spa, planeé un viaje…; y cuando las nubes se volvieron blancas, tuve alguna que otra cita, cometí algún que otro error, creí haber encontrado de nuevo el amor ante lo que era un espejismo…., pero sobretodo retomé esa vida de soltera en la que todo es un enigma.

Una mañana comenzó a brillar el sol y en ese momento planee mi viaje de ida a Madrid, y aquí ya se sabe, que llueve poco y los días son muy azules.


Tendremos muchos días de lluvia, pero nunca lloverá eternamente. Cogeremos nuestros paraguas y haremos frente a la lluvia, esperando que al día siguiente, mejore el tiempo y un sol cegador nos devuelva la sonrisa. El paso del tiempo es nuestro mejor “paraguas”, sé que es otro tópico, pero en realidad es la certeza más absoluta que conozco, también la más paciente.

Tiempo, amigas, metas, planes, cambios…, todo eso me hizo avanzar hacia donde ahora me encuentro y en este momento que recuerdo aquellos días de intensa lluvia, no siento tristeza, ni rabia, ni tan siquiera melancolía, al contrario, me hace sentirme más fuerte, más viva y más sabia. La lluvia me invadió pero no se quedo para siempre.

lunes 21 de abril de 2008

Algunos hombres raros

¿Son todos los hombres raros o somos las mujeres cada vez más exigentes? Tras mi ruptura sentimental con mi pareja estable, sin darme cuenta, me vi expuesta a un mundo donde los hombres eran cada vez más raros ¿Tanto habían cambiado desde la última vez?

Una vez que pegas ese salto a la vida independiente, donde entras y sales cuando quieras y con quien quieras, las probabilidades de salir con gente, tener citas y conocer a chicos se multiplicaban, pero ¿por qué si aumentaban en número también aumentaban en grado de singularidades? De cualquier modo, en Asturias o en Madrid (había comprobado que en este caso

no bastaba con cambiar de sitio) podías encontrarte con seres extraños que salían de debajo de las piedras dispuestos a intentar besarte con sus tres cabezas.

J., alias “P.”, 29 años. Ocupación: Ninguna. Creo que era una persona excesivamente básica, siempre he pensado que podría llegar a quererme de un modo incondicional, porque J. alias “P.” sí que estaba realmente interesado en mantener una relación estable, pero frases como “no como pescado desde los 6 años”, “nunca he leído un libro”, “me encanta pillar olas” o “he suspendido 4 veces los exámenes preparatorios para ser Guardia Civil” hicieron que la visión de una vida junto a él fuese cada vez menos fascinante.

P., 29 años. Ocupación: Policía nacional en el servicio de escoltas. P. directamente estaba como una cabra. En apariencia era el típico chico moreno, alto, guapo… pero su forma de ser era de las que te dan miedo. Excesivo en todo, bromista de ese tipo de bromas que no hacen gracia, y un enamorado de Asturias. Puede que el hecho de vivir lejos de su tierra le hiciera tener a la “Cuna de España” encumbrada en lo más alto, pero cantar tonada asturiana mientras paseábamos por Salinas, era demasiado.

P., 24 años. Ocupación: ¿Marketing?. P. era danés y gracias a él me di cuenta de que se habla mejor inglés con unas cuantas copas de más. Su toque raro era su nacionalidad, y es que en Dinamarca no deben de saber diferenciar los tonteos propios del verano de las relaciones estables de pareja. Así que el pobre de P. regresó a Dinamarca creyendo que éramos novios. Me costó mucho hacerle entender que no había nada, y no sólo por las barreras del idioma.

J., 28 años. Ocupación: Ingeniero de telecomunicaciones. Su toque no era raro, era más bien bizarro. Que a mi y a mis amigos nos flipe el humor de “La hora Chanante” o “Muchachada Nui” es una cosa, pero que un tío se ponga cachondo con frases como “piticli bonico” es algo insuperable. Viví una noche intensa, llena de risas, pero después no quise volver a quedar. No sé por qué, pero sentía que no teníamos nada en común, a excepción del humor de Joaquin Reyes y Cia.

R., 26 años. Ocupación: Informático. Su toque raro fue que dormimos juntos y no intentó hacer nada alegando que tenía miedo a que le hiciera daño. Creo que asumió un papel excesivamente femenino y eso me desmotivó por completo.

J. C., 32 años. Ocupación: Abogado y ejecutivo de planificación estratégica. Era una “rata de gimnasio”, y pese a que hoy en día es algo muy habitual en muchos hombres, J. C. estaba en ese punto en que no se sabe si esto o aquello eran producto de horas de gimnasio o de retención de líquidos. Era un adicto a los productos dietéticos, pastillas proteínicas y determinadas sustancias que disolvía en vasos de agua y adquirían un color dudoso. ¿Cómo explicarle que adoraba la comida grasienta a las 4 de la mañana cuando regresaba a casa de una noche de baile y copas? ¿sería capaz de cambiar los kebaps por las barritas energéticas? Aquella relación, sin duda, estaba abocada al fracaso.

En definitiva, en todo este tiempo había conocido a un amante del surf anti-pescado, un nacionalista astur que cantaba fatal, un danés con serias intenciones, un aspirante a Joaquín Reyes, un informático al que alguien le había roto el corazón, una hormona con patas... ¿Esto era todo lo que el sexo opuesto podía ofrecerme? ¿me había vuelto demasiado exigente? ¿acaso no era yo también un bicho raro? ¿una neurótica que para entender el mundo convierte todos esos encuentros en artículos de opinión? Yo también soy un ser extraño, he de admitirlo, pero ¿no encontraría nunca a alguien que pudiera aceptar mis tres cabezas? ¿podría llegar a enamorarme del hombre elefante?



jueves 17 de abril de 2008

Definitivamente, el amor ha muerto

Cuando cambias un pequeño pueblo por una gran ciudad es inevitable no crearse ciertas expectativas. Expectativas que no se cumplen, propósitos que se van aparcando: “ver un concierto de jazz en un local con encanto a la luz de una velas”; “salir a correr los sábados por la mañana”; “ir siempre que pueda a tomarme un café al Starbucks”; “hacer muchas amigas solteras”; “comprar plantas y regarlas”; “conocer a alguien extraordinario”; “enamorarme”…

Pero a veces con cambiar de lugar no basta. Es mucho más complicado que eso. No hay tiempo, no hay hombres.


¿Por qué cuesta tanto encontrar una relación estable en esta ciudad? Mi compañera de piso, B., tiene una teoría. Según ella la estabilidad en una relación es indirectamente proporcional a la extensión de la ciudad en la que viva la pareja. Es decir, que las relaciones tienden a ser más estables en las poblaciones más pequeñas que en las grandes metrópolis. Puede que tenga razón.


¿Van de la mano las prisas por coger el metro, las colas en los parkings, los atascos en hora punta, con el mismo caos emocional que supone meterse de lleno en relaciones que naufragan a las pocas semanas? ¿Nos daremos cuenta que hemos conocido al amor de nuestra vida en una ciudad como esta? ¿ó pasará el tren tan rápido que no nos dará tiempo a subirnos? Parece que todo aquí tiene otro ritmo.

J. B. era un joven fotógrafo profesional con una vida llena de ocupaciones artísticas y un tanto bohemias. Empresario, soltero, independiente. Su casa tenía una cierta aura extravagante. Su sala de estar estaba repleta de fotografías de modelos más propias para una galería que para un hogar. No tenía sofás, pero si una pipa para fumar que se había traído de Marraquech. Su cama había formado parte del decorado de un anuncio de televisión. Todo era especial en él.

No era nada pretencioso ni se creía nada, pero a su lado era prácticamente imposible no caer en que era ese tipo de personas que sólo se conocen una vez en la vida. Su madre había sido escultora y pintora, tenía su paleta de pintar colgada a modo decorativo en una pared de su casa, estaba tal cual la había dejado antes de suicidarse.

J. B. era especial en todo. Creo que en el fondo no sabía muy bien lo que hacía conmigo, le desconcertaba un poco. En nuestra segunda cita me dijo que era tan diva que seguro que no tenía ninguna amiga. Fue un comentario curioso, que él me viese a mí como una diva, porque estaba claro que la estrella en la relación no era yo… no sé porqué tendría esa manera de verme, supongo que en algún momento quise estar a la altura y me pasé de la raya. Fue gracioso y ahora que lo recuerdo no puedo impedir sentir una sana vanidad.

Pero pese a que era un ser humano excepcional en muchísimos sentidos, al final acabó adoptando la clásica actitud masculina post-coital. Es decir, una vez que se ha sucumbido al reclamo sexual, desaparezco. Así de rápido y así de fugaz.

¿Tendría razón B.? ¿Debería de acostumbrarme a este tipo relaciones en los que los desenlaces llegan tan pronto? ¿Era incompatible la estabilidad con el empadronamiento en Madrid?

No fue nada original. Y creo que fue precisamente eso lo que más me decepcionó, darme cuenta que por mucho que su vida fuese fuera de lo común, al final terminaba comportándose como otro chico más. En aquel momento pasó de ser J. B. y se convirtió en J. Creo que referirme a él sin nombrar su apellido, italiano como su padre, hizo que le destronara de todas sus facetas extraordinarias.

Del día a la noche dejó de llamarme, y lo que aún es peor, le pillé de pleno filtrando mis llamadas. Supongo que fui un poco más inteligente que él y me di cuenta que no tenía mi teléfono fijo, así que le llamé para comprobar si su negativa a responder llamadas se debía a toda la humanidad o exclusivamente a mí. Y comprobé que se debía exclusivamente a mí.

Mantuvimos una conversación desquiciada. Se reía, me decía que estaba a punto de llamarme, hasta incluso hizo una broma refiriéndose a que en realidad era gay y estaba confuso, pero lo más determinante, su frase más lapidaria, fue: “Si te sirve de consuelo, suelo decepcionar mucho a la gente”. A ese tipo de afirmaciones no existe una respuesta adecuada. La mejor fue despedirme de él y no volver a llamarle.

Y pese a todo, estableció un nuevo contacto a los pocos días conmigo. Conversación en la cual me mantuve fría, aséptica y donde me mostraba sin ningún tipo de interés por volver a subirme nuevamente a su tren. Nunca más ha vuelto a llamar. Doy por hecho que nunca más lo hará.

En esta ciudad existen tantas posibilidades, existe tanta gente a la que conocer. Pero ¿por qué pasa todo tan deprisa? Nos conocemos un lunes, quedamos un martes, nos llamamos un miércoles, volvemos a quedar un jueves, tonteamos un viernes, nos acostamos un sábado y el domingo se acabó. ¿Esto es lo que me espera? Si es así, definitivamente, el amor ha muerto en esta ciudad.

miércoles 16 de abril de 2008

Amiga de un ex

Una relación de pareja se rompe. Termina. Lo que ocurre después es todo un enigma. ¿Se puede transformar el amor, la pasión, la sensación de pertenencia, en “amistad”?

Creo que en todas mis rupturas siempre he tenido claro que no quería convertirme en una amiga, y no digo que no pudiera, digo que no quería hacerlo. Ser cordial es lo máximo a lo que puedo llegar, pero ser amiga es algo que nunca me he planteado. No quiero ese tipo de relaciones porque considero que son cargas emocionales que de un modo u otro te nublan la vista y no te permiten evolucionar.

Probablemente deba este pensamiento a que mis dos rupturas han sido demasiado dolorosas, demasiado dramáticas. Si vives intensamente una relación y se termina de mala manera ¿se es posible continuar viendo a esa persona como un amigo? En mis anteriores experiencias, la respuesta a esta pregunta había sido no. Pero ¿no era un poco triste pasar de un extremo a otro? Si esa persona nos había conocido tan bien, nos había querido tanto del mismo modo que nosotros a ella ¿no podría convertirse en nuestro mejor amigo/a?

Quizás en mi vida personal existía una pequeña excepción en cuanto a tener una amistad con un ex. Ch. Aunque no puede considerarse realmente como tal, puesto que nunca fuimos pareja y, por tanto, tampoco es mi ex. Pero puede que sea lo que más se asemeje a la posibilidad de mantener una relación de estrecha amistad con uno de mis ex’s.

Pero yo no hablo de este tipo de relaciones en las que no se sabe con certeza el papel que hemos jugado y lo que hemos significado. Hablo de las relaciones de verdad, de las parejas serias, estables, públicas a los ojos de los demás.

El caso más paradigmático que conozco respecto a este tema es el de mi compañera de piso B. Cuando me trasladé a aquella casa, tan bonita, tan acogedora y tan ordenada, ella acababa de romper con su chico.

B. es una chica de fuerte carácter, dice que es insegura, pero a mí en general no me lo parece en absoluto; quizás intentar no parecer insegura sea lo que le hace ser tan firme en determinados momentos.

B. sufría y sufre un claro enganche emocional, e irracional, hacia N., su ex. El miedo a la soledad de B. se une a la incapacidad de poner fin a una relación; y la inseguridad de N. ante sus propios deseos se une a la necesidad de la protección y seguridad que B. le proporciona; así que todo eso agitado forma el cóctel de su extraña relación “amistosa”.

B. sigue conociendo a chicos, intentando superar más o menos su descalabro emocional con N., y N., por su parte y como es lógico, hace exactamente lo mismo. Pero el desasosiego se produce cuando alguno de los dos se entera de la vida que mantienen fuera de su círculo de amigos en común. Si B. descubre que N. se ha estado acostando con N., sufre una profunda tristeza y si por su parte N. ve unas fotos de B. con R., disimula cómo puede un ataque de celos. Y asi van pasando los meses, y así N. sigue durmiendo en la cama de B., y así siguen saludándose con un beso en los labios y así hasta que algo excepcional pase entre ambos o con otra persona.

¿Son sanas este tipo de relaciones? Probablemente y conociéndome a mi misma como me conozco, yo también caería en la misma pauta de comportamiento que mi compañera de piso ¿pero hasta que punto aguantaría? ¿Cuánto más podría sostener esa relación en la que todo parece y nada es?

¿No es preferible decirse adiós y avanzar que seguir con alguien por enganche emocional? ¿Desintoxicación amorosa o síndrome de abstinencia perpetuo?

Ser amiga de tu ex es complicado. Por eso a la conclusión a la que he llegado es que se es posible ser amiga de una ex pareja siempre y cuando se cumplan cinco requisitos básicos: 1) Haber roto la relación dentro de los límites del respeto y la sinceridad; 2) Seguir teniendo algo en común con esa persona; no olvidemos que no es lo mismo ser amigo que pareja (no creo que por ejemplo, mi primer novio R. se viniera conmigo a una exposición de arte contemporáneo); 3) No albergar esperanzas de volver con esa persona; 4) No mezclar los recuerdos del pasado con el momento que se vive en el presente, las cosas han cambiado… y 5) Sentirte con las fuerzas de que en el hipotético caso de que tu ex te invitará a su futura ceremonia matrimonial, tu acudirías encantado/a.

Si alguna de estas circunstancias no se cumplen, asúmelo, asumámoslo, no somos amigos, somos otra cosa. Podremos ser conocidos que se saludan con cierto aire amigable, como en mi caso y en el de mis ex’s, es decir, algo que dista mucho de una relación de amistad, o por el contrario seremos ese tipo de relación mezcla de amistad, amor y sexo, que por momentos se tornará en algo difícil, inestable e incierto.

martes 15 de abril de 2008

Partiendo de una incógnita

Madrid, ciudad inexplorable, desconocida y al mismo tiempo acogedora. No hay más que recorrer sus grandes calles para darse cuenta que es imposible quedarte inmóvil ante ella. Una ciudad que te transmite seguridad y cercanía desde el primer momento, pero en la que también sientes ese halo de soledad y anonimato tan necesarios.

Una maleta recién hecha y una persona a la que acabas de conocer, J., un extraño, en definitiva, pueden ser el cóctel perfecto para salir adelante y sobrevivir o para acabar de hundirte más aún en tus miedos e inseguridades.

Todo cambio de vida supone un riesgo, quizá por deformación profesional intento siempre minimizar esos riesgos, y también por eso tal vez me decidí a vivir temporalmente con J., hasta encontrar mi lugar. Pero lo cierto es que antes y durante aquella convivencia no pude evitar fantasear con la idea de que quizá mi lugar ya era aquel. J. parecía transmitirme seguridad y protección, y en aquel momento creí necesitarla.

Conocí a J. en Asturias, pocas semanas antes de trasladarme a vivir a Madrid. Enseguida conectamos y realmente parecía que estábamos hechos el uno para el otro. Nuestras primeras conversaciones giraban en torno a las casualidades y coincidencias que nos hacían sorprendernos a cada descubrimiento. Para empezar se llamaba J., un nombre demasiado familiar para mí. Era asturiano pero vivía en Madrid desde hacía diez años. Trabajaba para una empresa de ingeniería que, casualidades de la vida, resultó ser la empresa de la que mi tío era uno de los propietarios. Había roto con su ex novia el mismo día en el que mi ex y yo habíamos roto. Su madre se llamaba A., al igual que la mía… En fin, cualquier detalle de nuestras vidas que nos contásemos tenía una contrapartida exactamente igual en el otro. Creo que eso hizo impregnarnos a los dos de un karma sorprendente. Y nos lanzamos.

Cuando dejas atrás todo lo conocido, familia, amigos, lugares, y te adentras en lo desconocido, en una ciudad desconocida, ¿es preferible hacer el viaje sola o en compañía? ¿no estamos más predispuestos a la necesidad de compañía cuando nos encontramos ante lo desconocido, ante esa sensación de inevitable y circunstancial desarraigo?; ¿es directamente proporcional el tiempo que tardamos en fracasar al proceso de adaptación ante ese nuevo escenario?

Existen muchos motivos por los que decides cambiar tu destino: necesidad de crecimiento personal, profesional, incomodidad ante lo preestablecido, motivación por el descubrimiento y la exploración de nuevos horizontes… todo parece tener que ver con reemplazar, esto por aquello, y consecuentemente, puede llevarnos a mejorar, a crecer, o si nos equivocamos, a empeorar, a no desarrollarnos. En definitiva, sufriremos un cambio de estado.

Mi gran amiga S. decidió trasladarse a Londres, iniciar una nueva vida en un nuevo país; un billete de ida para emprender algo renovado y sentirse renovada. Fue inevitable que lo hiciera tras el dolor sufrido por la pérdida de un ser querido, circunstancia que todos los cercanos a ella entendimos perfectamente y apoyamos rigurosamente.

Con su también maleta recién hecha, llegó a aquella ciudad, no tan desconocida como para mi Madrid, pero dispuesta al igual que yo a emprender una nueva etapa y con esa sensación mezcla de incertidumbre, ilusión y supongo, que algún que otro miedo. Nuevos lugares, nueva gente, nuevas emociones.

Su puerta nunca estaba cerrada a nada ni a nadie, pero a diferencia de mí que no sólo abro las puertas, sino que directamente, las derribo; S., hasta ese momento, sólo las entreabría.

Pero todo pareció dar un giro. Se vio de la noche al día metida de lleno en esa bruma cegadora a la que a veces nos conduce el hecho de conocer a alguien, gustarse y terminar intercambiando acentos lingüísticos en una cama. Pero esta vez fue diferente; habiendo empezado, aparentemente, como el resto de sus relaciones, ésta tomó otro camino, un camino dirigido más hacía el atemorizador “contigo, para toda la vida” que suponía para la antigua S. La nueva S., decía, haberse enamorado perdidamente y experimentar un sentimiento totalmente diferente por A. Pero ¿cuál fue el motivo para que esto cambiara? ¿había llegado su verdadero amor? Ó ¿el encontrarse sola en una ciudad desconocida y en cierta manera en un escenario adverso para su independencia, no fue determinante para generar un sentimiento nuevo?

Sea como fuera, los misterios del amor son tan profundos y enigmáticos que es imposible definirlo de un modo u otro, pero ¿podemos llegar a enamorarnos por vernos inmersos en determinadas circunstancias? Ó ¿es en realidad el amor un sentimiento que creemos experimentar, cuando en realidad viene de la mano de los entresijos de nuestro propio destino?

J. me brindó su casa (también su cama) a mi llegada a Madrid, cosa que me complació enormemente y de la que le estaré eternamente agradecida. El plan era quedarme allí hasta encontrar mi propia vivienda, aunque siempre se barajó la posibilidad de trasladarnos ambos a una casa mayor. Planes y especulaciones que nunca llegaron a prosperar.

Tras una intensa quincena en aquella casa de acogida, las cosas comenzaron a teñirse de otro color. A medida que me iba adaptando al ritmo de la ciudad, me iba dando cuenta que quizá aquella aparente vida no era para mí.

J. comenzó a comportarse de un modo extraño y empecé a experimentar sensaciones nada cautivadoras. Probablemente en muchos momentos se sintió invadido por mí, y yo comencé a sentirme fuera de lugar. Aquel diminuto espacio se llenó de mi y probablemente fue demasiado para él. Mi idea romántica de largas charlas a la luz de las velas se transformó en una rutina de PlayStation e incómodos silencios durante las comidas. Toda mi ilusión, todas mis energías, se estrellaban a menudo contra su cansancio y su tedioso sentido de la tranquilidad. Yo adoraba Madrid, J. apenas sentía indiferencia. Yo, quería explorar, conocer. J. se limitó a indicarme dónde coger el Metro. ¿Acaso había tomado la decisión más importante y más difícil de toda mi vida, para encontrarme con todo aquello, con sentirme mal, con volver a estar con la persona equivocada?

Fue una ayuda en mis comienzos, un buen amante, un buen amigo, pero también fue el detonante que mi hizo darme cuenta de que aquello no era el plan que quería para mí. Pese a que me costó mucho asumirlo y aceptar que J. no iba convertirse en mi J.

Al contrario que le sucedió a S., mis circunstancias me hicieron tomar el camino opuesto, el mejor camino para mí. Empezar de cero y no empezar desde 5. Partir de una incógnita, la más absoluta.

Madrid estaba esperándome, acogiéndome, pero también estaba preparada a ese maltrato que ocasionalmente sufrimos en las grandes ciudades… Pero si de algo estaba segura es que todo, lo bueno y lo malo, debía de hacerlo por mí misma, y que en este primer viaje debía de ir sin guía…

Una mañana cálida, bajo ese cielo azul, mientras esperaba a un taxi, sentí una gran revelación. No consistía en tenerlo todo controlado, ni en hacerse tantas preguntas, ni en saltar de una persona a otra de un modo desesperado, para volver a terminar desesperándose… La clave de todo era precisamente la certeza de que no existen las claves, no existen los métodos ni las fórmulas magistrales, no hay combinaciones perfectas, no hay personas hechas a medida, y si existen puede que nunca las logremos encontrar, la clave, precisamente, es asumir que en las cosas más transcendentales y profundas, no existe una clave.

Las razones, el porqué de todo, los factores ajenos a nuestra voluntad, las piezas de ese ajedrez que nos conducen de un sitio a otro en ese diabólico juego que nos propone el destino…. todo está fuera de nuestro propio control, todo va a salirse de nuestros propios planes, al igual que le sucedió a S., al igual que me sucede a mí.