Son varias las razones por las que mujeres solteras de 20 a 40 años (dentro del rango de las potencialmente deseables, como dice un amigo mío….) nos seguimos arriesgando a tener citas o encuentros que muchas veces se tornan en tropezones y encontronazos. Pero en definitiva, seguimos arriesgándonos. Probablemente la razón fundamental por la que seguimos montadas en esa noria, sea ese sentimiento llamado ESPERANZA. Esa otra FE que sigue moviendo montañas. Al fin y al cabo, ¿quién no ha albergado alguna esperanza con alguien?
Sin darnos cuenta, cuando decimos “Sí” estamos queriendo decir “Todavía creo”. No es muy frecuente que alguien se decida por otro alguien porque sí. Yo creo que en nuestros pensamientos más profundos siempre se instala un “Tal vez”, en mayor o menor grado, dependiendo de lo atractivo de la persona en cuestión, pero siempre pensamos que quizá esa primera cerveza o ese primer concierto juntos, se convierta en el primer acontecimiento de una gran historia de amor.
Pero ¿qué ocurre cuando la fe empieza a resquebrajarse y nuestras esperanzas comienzan a ser prácticamente nulas?
Cuando esa pesimista sensación comienza a reinstalarse en nuestra cabeza (normalmente tras dos o tres desengaños), nuestra actitud frente a las primeras citas, sin dudas, se perturba.
Empezamos a ver las citas, más que como un encuentro agradable entre un hombre y una mujer, como un examen al que hemos de someter a la persona que se sienta enfrente. Nuestros miedos, muchas veces, nos hacen intentar recabar información, para además de intentar conocer a esa persona, intentar pillarla por la banda antes de que sea demasiado tarde. Pero, no podía evitar sentir cierto detrimento del romanticismo a favor de esa fría seguridad. ¿Comenzamos a ser frívolas o nuestro nivel de exigencia aumenta en relación a los topetazos que nos hemos llevado? ¿Somos más cautelosas o en realidad, no pasamos ya ni una?
Mi amiga L. estaba dentro de ese rango de mujeres potencialmente deseables y no sólo por la edad. L. era ese tipo de chica atractiva, joven, segura y de esas que parece que se va a comer el mundo. Risueña, coqueta y provocativa, le salían pretendientes hasta debajo de las piedras, pero siempre que se lanzaba a conocer en profundidad a uno de ellos, terminaba descartándole alegando motivos provocados por esa falta absoluta de fe.
L. decía entre risas que había dejado a D. porque cuando iban a la playa no le gustaba bañarse en el mar. Con M. tuvo una bronca increíble porque le dejo el coche y se lo devolvió sin haberle rellenado el depósito. Los gustos musicales de otro chico (cuya inicial no puedo recordar con total precisión) fueron suficientes para no volver a llamarle más (no se puede luchar contra Shaila Durcal). ¿Nos estamos convirtiendo en unas psicoanalistas desquiciadas?
En una sociedad tan volátil en cuanto a relaciones, ¿es suficiente un pésimo gusto musical o un descuido con la gasolina, para poner fin a todas nuestras esperanzas con esa persona?
Es evidente que L. utiliza el sarcasmo y el humor para contarnos sus desventuras amorosas. No era tan frívola como hacía ver, pero parecía que acudía a sus citas con la idea de ver más defectos que virtudes y en cierto sentido, esa misma patología la empezábamos a padecer muchísimas mujeres.
Si se lee el artículo “Algunos hombres raros” en este mismo blog, no es más que mi relato personal en clave de humor de las pequeñas rarezas o peculiaridades en algunos hombres que había conocido.
A veces la cosa más insignificante puede poner fin a nuestras mejores intenciones. Mi gran amiga S. padeció un febril síntoma de amor de verano por J. hasta que el pobre chico se agachó para recoger un CD de la guantera de su coche; momento en el cual se asomó aquel lugar corporal donde la espalda pierde su nombre. S. no pudo superar esa imagen.
Yo quiero pensar que no son más que gotas que colman vasos llenos de situaciones o actitudes que no logran convencernos.
¿Somos exigentes? Ó ¿Somos una niñatas? ¿Tendrá limites nuestra fe, nuestra esperanza? No lo sé… Supongo que somos el producto de nuestras experiencias y vivencias personales, y cuando la carga se hace demasiado pesada, muchas de nosotras, preferimos encontrarnos con un compañero de viaje que no traiga demasiados bártulos. ¡Bastante tenemos con los nuestros!
Sin darnos cuenta, cuando decimos “Sí” estamos queriendo decir “Todavía creo”. No es muy frecuente que alguien se decida por otro alguien porque sí. Yo creo que en nuestros pensamientos más profundos siempre se instala un “Tal vez”, en mayor o menor grado, dependiendo de lo atractivo de la persona en cuestión, pero siempre pensamos que quizá esa primera cerveza o ese primer concierto juntos, se convierta en el primer acontecimiento de una gran historia de amor.
Pero ¿qué ocurre cuando la fe empieza a resquebrajarse y nuestras esperanzas comienzan a ser prácticamente nulas?
Cuando esa pesimista sensación comienza a reinstalarse en nuestra cabeza (normalmente tras dos o tres desengaños), nuestra actitud frente a las primeras citas, sin dudas, se perturba.
Empezamos a ver las citas, más que como un encuentro agradable entre un hombre y una mujer, como un examen al que hemos de someter a la persona que se sienta enfrente. Nuestros miedos, muchas veces, nos hacen intentar recabar información, para además de intentar conocer a esa persona, intentar pillarla por la banda antes de que sea demasiado tarde. Pero, no podía evitar sentir cierto detrimento del romanticismo a favor de esa fría seguridad. ¿Comenzamos a ser frívolas o nuestro nivel de exigencia aumenta en relación a los topetazos que nos hemos llevado? ¿Somos más cautelosas o en realidad, no pasamos ya ni una?
Mi amiga L. estaba dentro de ese rango de mujeres potencialmente deseables y no sólo por la edad. L. era ese tipo de chica atractiva, joven, segura y de esas que parece que se va a comer el mundo. Risueña, coqueta y provocativa, le salían pretendientes hasta debajo de las piedras, pero siempre que se lanzaba a conocer en profundidad a uno de ellos, terminaba descartándole alegando motivos provocados por esa falta absoluta de fe.
L. decía entre risas que había dejado a D. porque cuando iban a la playa no le gustaba bañarse en el mar. Con M. tuvo una bronca increíble porque le dejo el coche y se lo devolvió sin haberle rellenado el depósito. Los gustos musicales de otro chico (cuya inicial no puedo recordar con total precisión) fueron suficientes para no volver a llamarle más (no se puede luchar contra Shaila Durcal). ¿Nos estamos convirtiendo en unas psicoanalistas desquiciadas?
En una sociedad tan volátil en cuanto a relaciones, ¿es suficiente un pésimo gusto musical o un descuido con la gasolina, para poner fin a todas nuestras esperanzas con esa persona?
Es evidente que L. utiliza el sarcasmo y el humor para contarnos sus desventuras amorosas. No era tan frívola como hacía ver, pero parecía que acudía a sus citas con la idea de ver más defectos que virtudes y en cierto sentido, esa misma patología la empezábamos a padecer muchísimas mujeres.
Si se lee el artículo “Algunos hombres raros” en este mismo blog, no es más que mi relato personal en clave de humor de las pequeñas rarezas o peculiaridades en algunos hombres que había conocido.
A veces la cosa más insignificante puede poner fin a nuestras mejores intenciones. Mi gran amiga S. padeció un febril síntoma de amor de verano por J. hasta que el pobre chico se agachó para recoger un CD de la guantera de su coche; momento en el cual se asomó aquel lugar corporal donde la espalda pierde su nombre. S. no pudo superar esa imagen.
Yo quiero pensar que no son más que gotas que colman vasos llenos de situaciones o actitudes que no logran convencernos.
¿Somos exigentes? Ó ¿Somos una niñatas? ¿Tendrá limites nuestra fe, nuestra esperanza? No lo sé… Supongo que somos el producto de nuestras experiencias y vivencias personales, y cuando la carga se hace demasiado pesada, muchas de nosotras, preferimos encontrarnos con un compañero de viaje que no traiga demasiados bártulos. ¡Bastante tenemos con los nuestros!
1 comentarios:
Creo que técnicamente se llama "selección natural"... y es que, hemos llegado a un punto en el cual pedimos perfección a cambio de realidad. No, nadie es perfecto... pero se conoce que cuesta aceptarlo. Resulta mucho más sencillo pensar que no funcionó porque nuestros gustos musicales discrepaban que admitir que, en realidad, no estábamos preparadas o no era el momento adecuado...
Genial, como siempre.
;)
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