martes 15 de abril de 2008

Partiendo de una incógnita

Madrid, ciudad inexplorable, desconocida y al mismo tiempo acogedora. No hay más que recorrer sus grandes calles para darse cuenta que es imposible quedarte inmóvil ante ella. Una ciudad que te transmite seguridad y cercanía desde el primer momento, pero en la que también sientes ese halo de soledad y anonimato tan necesarios.

Una maleta recién hecha y una persona a la que acabas de conocer, J., un extraño, en definitiva, pueden ser el cóctel perfecto para salir adelante y sobrevivir o para acabar de hundirte más aún en tus miedos e inseguridades.

Todo cambio de vida supone un riesgo, quizá por deformación profesional intento siempre minimizar esos riesgos, y también por eso tal vez me decidí a vivir temporalmente con J., hasta encontrar mi lugar. Pero lo cierto es que antes y durante aquella convivencia no pude evitar fantasear con la idea de que quizá mi lugar ya era aquel. J. parecía transmitirme seguridad y protección, y en aquel momento creí necesitarla.

Conocí a J. en Asturias, pocas semanas antes de trasladarme a vivir a Madrid. Enseguida conectamos y realmente parecía que estábamos hechos el uno para el otro. Nuestras primeras conversaciones giraban en torno a las casualidades y coincidencias que nos hacían sorprendernos a cada descubrimiento. Para empezar se llamaba J., un nombre demasiado familiar para mí. Era asturiano pero vivía en Madrid desde hacía diez años. Trabajaba para una empresa de ingeniería que, casualidades de la vida, resultó ser la empresa de la que mi tío era uno de los propietarios. Había roto con su ex novia el mismo día en el que mi ex y yo habíamos roto. Su madre se llamaba A., al igual que la mía… En fin, cualquier detalle de nuestras vidas que nos contásemos tenía una contrapartida exactamente igual en el otro. Creo que eso hizo impregnarnos a los dos de un karma sorprendente. Y nos lanzamos.

Cuando dejas atrás todo lo conocido, familia, amigos, lugares, y te adentras en lo desconocido, en una ciudad desconocida, ¿es preferible hacer el viaje sola o en compañía? ¿no estamos más predispuestos a la necesidad de compañía cuando nos encontramos ante lo desconocido, ante esa sensación de inevitable y circunstancial desarraigo?; ¿es directamente proporcional el tiempo que tardamos en fracasar al proceso de adaptación ante ese nuevo escenario?

Existen muchos motivos por los que decides cambiar tu destino: necesidad de crecimiento personal, profesional, incomodidad ante lo preestablecido, motivación por el descubrimiento y la exploración de nuevos horizontes… todo parece tener que ver con reemplazar, esto por aquello, y consecuentemente, puede llevarnos a mejorar, a crecer, o si nos equivocamos, a empeorar, a no desarrollarnos. En definitiva, sufriremos un cambio de estado.

Mi gran amiga S. decidió trasladarse a Londres, iniciar una nueva vida en un nuevo país; un billete de ida para emprender algo renovado y sentirse renovada. Fue inevitable que lo hiciera tras el dolor sufrido por la pérdida de un ser querido, circunstancia que todos los cercanos a ella entendimos perfectamente y apoyamos rigurosamente.

Con su también maleta recién hecha, llegó a aquella ciudad, no tan desconocida como para mi Madrid, pero dispuesta al igual que yo a emprender una nueva etapa y con esa sensación mezcla de incertidumbre, ilusión y supongo, que algún que otro miedo. Nuevos lugares, nueva gente, nuevas emociones.

Su puerta nunca estaba cerrada a nada ni a nadie, pero a diferencia de mí que no sólo abro las puertas, sino que directamente, las derribo; S., hasta ese momento, sólo las entreabría.

Pero todo pareció dar un giro. Se vio de la noche al día metida de lleno en esa bruma cegadora a la que a veces nos conduce el hecho de conocer a alguien, gustarse y terminar intercambiando acentos lingüísticos en una cama. Pero esta vez fue diferente; habiendo empezado, aparentemente, como el resto de sus relaciones, ésta tomó otro camino, un camino dirigido más hacía el atemorizador “contigo, para toda la vida” que suponía para la antigua S. La nueva S., decía, haberse enamorado perdidamente y experimentar un sentimiento totalmente diferente por A. Pero ¿cuál fue el motivo para que esto cambiara? ¿había llegado su verdadero amor? Ó ¿el encontrarse sola en una ciudad desconocida y en cierta manera en un escenario adverso para su independencia, no fue determinante para generar un sentimiento nuevo?

Sea como fuera, los misterios del amor son tan profundos y enigmáticos que es imposible definirlo de un modo u otro, pero ¿podemos llegar a enamorarnos por vernos inmersos en determinadas circunstancias? Ó ¿es en realidad el amor un sentimiento que creemos experimentar, cuando en realidad viene de la mano de los entresijos de nuestro propio destino?

J. me brindó su casa (también su cama) a mi llegada a Madrid, cosa que me complació enormemente y de la que le estaré eternamente agradecida. El plan era quedarme allí hasta encontrar mi propia vivienda, aunque siempre se barajó la posibilidad de trasladarnos ambos a una casa mayor. Planes y especulaciones que nunca llegaron a prosperar.

Tras una intensa quincena en aquella casa de acogida, las cosas comenzaron a teñirse de otro color. A medida que me iba adaptando al ritmo de la ciudad, me iba dando cuenta que quizá aquella aparente vida no era para mí.

J. comenzó a comportarse de un modo extraño y empecé a experimentar sensaciones nada cautivadoras. Probablemente en muchos momentos se sintió invadido por mí, y yo comencé a sentirme fuera de lugar. Aquel diminuto espacio se llenó de mi y probablemente fue demasiado para él. Mi idea romántica de largas charlas a la luz de las velas se transformó en una rutina de PlayStation e incómodos silencios durante las comidas. Toda mi ilusión, todas mis energías, se estrellaban a menudo contra su cansancio y su tedioso sentido de la tranquilidad. Yo adoraba Madrid, J. apenas sentía indiferencia. Yo, quería explorar, conocer. J. se limitó a indicarme dónde coger el Metro. ¿Acaso había tomado la decisión más importante y más difícil de toda mi vida, para encontrarme con todo aquello, con sentirme mal, con volver a estar con la persona equivocada?

Fue una ayuda en mis comienzos, un buen amante, un buen amigo, pero también fue el detonante que mi hizo darme cuenta de que aquello no era el plan que quería para mí. Pese a que me costó mucho asumirlo y aceptar que J. no iba convertirse en mi J.

Al contrario que le sucedió a S., mis circunstancias me hicieron tomar el camino opuesto, el mejor camino para mí. Empezar de cero y no empezar desde 5. Partir de una incógnita, la más absoluta.

Madrid estaba esperándome, acogiéndome, pero también estaba preparada a ese maltrato que ocasionalmente sufrimos en las grandes ciudades… Pero si de algo estaba segura es que todo, lo bueno y lo malo, debía de hacerlo por mí misma, y que en este primer viaje debía de ir sin guía…

Una mañana cálida, bajo ese cielo azul, mientras esperaba a un taxi, sentí una gran revelación. No consistía en tenerlo todo controlado, ni en hacerse tantas preguntas, ni en saltar de una persona a otra de un modo desesperado, para volver a terminar desesperándose… La clave de todo era precisamente la certeza de que no existen las claves, no existen los métodos ni las fórmulas magistrales, no hay combinaciones perfectas, no hay personas hechas a medida, y si existen puede que nunca las logremos encontrar, la clave, precisamente, es asumir que en las cosas más transcendentales y profundas, no existe una clave.

Las razones, el porqué de todo, los factores ajenos a nuestra voluntad, las piezas de ese ajedrez que nos conducen de un sitio a otro en ese diabólico juego que nos propone el destino…. todo está fuera de nuestro propio control, todo va a salirse de nuestros propios planes, al igual que le sucedió a S., al igual que me sucede a mí.