jueves 17 de abril de 2008

Definitivamente, el amor ha muerto

Cuando cambias un pequeño pueblo por una gran ciudad es inevitable no crearse ciertas expectativas. Expectativas que no se cumplen, propósitos que se van aparcando: “ver un concierto de jazz en un local con encanto a la luz de una velas”; “salir a correr los sábados por la mañana”; “ir siempre que pueda a tomarme un café al Starbucks”; “hacer muchas amigas solteras”; “comprar plantas y regarlas”; “conocer a alguien extraordinario”; “enamorarme”…

Pero a veces con cambiar de lugar no basta. Es mucho más complicado que eso. No hay tiempo, no hay hombres.


¿Por qué cuesta tanto encontrar una relación estable en esta ciudad? Mi compañera de piso, B., tiene una teoría. Según ella la estabilidad en una relación es indirectamente proporcional a la extensión de la ciudad en la que viva la pareja. Es decir, que las relaciones tienden a ser más estables en las poblaciones más pequeñas que en las grandes metrópolis. Puede que tenga razón.


¿Van de la mano las prisas por coger el metro, las colas en los parkings, los atascos en hora punta, con el mismo caos emocional que supone meterse de lleno en relaciones que naufragan a las pocas semanas? ¿Nos daremos cuenta que hemos conocido al amor de nuestra vida en una ciudad como esta? ¿ó pasará el tren tan rápido que no nos dará tiempo a subirnos? Parece que todo aquí tiene otro ritmo.

J. B. era un joven fotógrafo profesional con una vida llena de ocupaciones artísticas y un tanto bohemias. Empresario, soltero, independiente. Su casa tenía una cierta aura extravagante. Su sala de estar estaba repleta de fotografías de modelos más propias para una galería que para un hogar. No tenía sofás, pero si una pipa para fumar que se había traído de Marraquech. Su cama había formado parte del decorado de un anuncio de televisión. Todo era especial en él.

No era nada pretencioso ni se creía nada, pero a su lado era prácticamente imposible no caer en que era ese tipo de personas que sólo se conocen una vez en la vida. Su madre había sido escultora y pintora, tenía su paleta de pintar colgada a modo decorativo en una pared de su casa, estaba tal cual la había dejado antes de suicidarse.

J. B. era especial en todo. Creo que en el fondo no sabía muy bien lo que hacía conmigo, le desconcertaba un poco. En nuestra segunda cita me dijo que era tan diva que seguro que no tenía ninguna amiga. Fue un comentario curioso, que él me viese a mí como una diva, porque estaba claro que la estrella en la relación no era yo… no sé porqué tendría esa manera de verme, supongo que en algún momento quise estar a la altura y me pasé de la raya. Fue gracioso y ahora que lo recuerdo no puedo impedir sentir una sana vanidad.

Pero pese a que era un ser humano excepcional en muchísimos sentidos, al final acabó adoptando la clásica actitud masculina post-coital. Es decir, una vez que se ha sucumbido al reclamo sexual, desaparezco. Así de rápido y así de fugaz.

¿Tendría razón B.? ¿Debería de acostumbrarme a este tipo relaciones en los que los desenlaces llegan tan pronto? ¿Era incompatible la estabilidad con el empadronamiento en Madrid?

No fue nada original. Y creo que fue precisamente eso lo que más me decepcionó, darme cuenta que por mucho que su vida fuese fuera de lo común, al final terminaba comportándose como otro chico más. En aquel momento pasó de ser J. B. y se convirtió en J. Creo que referirme a él sin nombrar su apellido, italiano como su padre, hizo que le destronara de todas sus facetas extraordinarias.

Del día a la noche dejó de llamarme, y lo que aún es peor, le pillé de pleno filtrando mis llamadas. Supongo que fui un poco más inteligente que él y me di cuenta que no tenía mi teléfono fijo, así que le llamé para comprobar si su negativa a responder llamadas se debía a toda la humanidad o exclusivamente a mí. Y comprobé que se debía exclusivamente a mí.

Mantuvimos una conversación desquiciada. Se reía, me decía que estaba a punto de llamarme, hasta incluso hizo una broma refiriéndose a que en realidad era gay y estaba confuso, pero lo más determinante, su frase más lapidaria, fue: “Si te sirve de consuelo, suelo decepcionar mucho a la gente”. A ese tipo de afirmaciones no existe una respuesta adecuada. La mejor fue despedirme de él y no volver a llamarle.

Y pese a todo, estableció un nuevo contacto a los pocos días conmigo. Conversación en la cual me mantuve fría, aséptica y donde me mostraba sin ningún tipo de interés por volver a subirme nuevamente a su tren. Nunca más ha vuelto a llamar. Doy por hecho que nunca más lo hará.

En esta ciudad existen tantas posibilidades, existe tanta gente a la que conocer. Pero ¿por qué pasa todo tan deprisa? Nos conocemos un lunes, quedamos un martes, nos llamamos un miércoles, volvemos a quedar un jueves, tonteamos un viernes, nos acostamos un sábado y el domingo se acabó. ¿Esto es lo que me espera? Si es así, definitivamente, el amor ha muerto en esta ciudad.